La incertidumbre

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La incertidumbre

Conocer lo que sucede después de la incertidumbre se escapa a nuestros sentidos. Ese lapso de tiempo donde la conexión con lo invisible es posible es lo que te recuerda que, el aprendizaje profundo, siempre viene a través de esa incógnita que supone el siguiente paso al caminar. 

Te obcecas. Tu mente te hace suponer que eres capaz de controlar el futuro. Realmente piensas que puedes ser una diosa y ejecutar cada etapa del plan teniendo todo bajo tu escaso dominio. Realmente lo llegas a creer a ciegas. 

Y así es como comienza el suspiro de miedo. 

Así es como empiezan los pensamientos a protegerte de esa temida incertidumbre. 

Ayer en el libro “El puente donde habitan las mariposas” de Nazareth Castellanos leí algo que me hizo comprender mi estado actual: el cerebro no está hecho para aceptar la incertidumbre, de hecho, su labor esencial es derribar  al desconocimiento con todas las armas de que dispone. Su tarea más importante es adelantar todo lo que es viable que ocurra, para poder salvaguardar tu identidad. 

La vida te enfrenta a pruebas para comprobar si realmente has aprendido la lección que llevan tiempo queriendo enseñarte. Y para que te des cuenta de que ha llegado el momento de instruirse, surge la escasamente estimada incomodidad. Este malestar es la clave para que seas consciente de que ha llegado el momento de aprender. Si esa molestia te provoca miedo de que algo suceda o, más bien, de que no suceda como lo habías planeado, es porque hay algo que no estás aceptando. La cercanía en la mirada, el juicio aprendido y tu torpeza, te impiden conocer una realidad más profunda que se entreteje en los albores del sueño en el que vives. Solo si eres capaz de salir de la ecuación y observar las circunstancias alejada del torbellino de emociones, es cuando puedes entender que nada es lo que parece a primera vista. Todo tiene un eco en la eternidad y hay  un imperceptible hilo conductor al que no estás prestando la atención que se merece. 

Es curiosa la vida. Es curioso lo invisible. Sus reglas son otras. No se deja llevar por la apariencia. No estima importante lo material del suceso a analizar. Se centra en otros aspectos menos evidentes y más profundos. La reflexión posterior a la que no todo el mundo llega. Cuando no te quedas solo en la superficie y prefieres escarbar la tierra, para encontrar la raíz del suceso que miras con tus pupilas desgastadas por las heridas. 

Solo ahí se esconde el tesoro. 

A veces hay que alejarse a un lugar recóndito. Otras veces, la brisa de la meditación al amanecer te ofrece un presente inesperado. En ocasiones, es la palabra en voces ajenas quien te otorga la aclaración deseada. El cielo no tiene una fórmula exacta para comunicarse. Una canción en el momento idóneo puede ser la ansiada respuesta a una pregunta que lleva meses en interrogante. 

Nunca es previsible. 

Como la incertidumbre. 

La vida ama las soluciones imprevistas. Ahí se esconde la magia. Porque si todo fuera como previenes que va a ser… ¿dónde hallarías el sortilegio? La realidad se convertiría en una sucesión de hechos vaticinados sin ningún atisbo de imprevisto. 

Y te morirías en vida. 

De aburrimiento. De apatía. 

Como cuando crees que es mejor no salir del caparazón. Por si acaso. Porque llueve. Porque hace frío fuera. Porque sientes miedo. Porque… te da miedo vivir. Porque la incertidumbre te abruma. Y no quieres sentirla en tus carnes. Prefieres quedarte quieta. Congelada. Esperando que el camino siempre sea llano… y aburrido. Sin indicio de sorpresa que tambalee tu bote a la deriva. 

Sin embargo, yo te conozco. Sé de tu valentía. Sé de tus preciosas insignias. Recuerdo cuando te vi derrumbarte aquel martes gris, y levantarte. Recuerdo cuando caíste al pozo más profundo al que jamás pudiste descender. Y, pese a todo, despertaste del letargo. Abriste los ojos y tus pupilas color celeste volvieron a mirar al cielo estrellado. Y, una vez más, contaron cada estrella en el firmamento. Te despojaste del polvo que te hizo tropezar. Te sacudiste las traiciones y miraste tu rostro frente al espejo. Te observaste detenidamente. Te detuviste en tus brillantes pupilas y te prometiste que ya nada te detendría. Ya no. Ya no era posible caer más. De tanto sentirlo, te hiciste amiga del vacío. Ya no podía enseñarte más. Aprendiste lo que te tocaba. Era hora de salir adelante. No te podías permitir lamentarte ni un segundo más. 

Y lo lograste.

La incertidumbre ya no te asusta. 

La has tomado de la mano y la has invitado a bailar. 

Y juntas estáis descubriendo el brillante futuro que os espera a la vuelta de la esquina.

Ya no hay nada que temer. 

Como dice Vanesa Martín en su canción…

Yo lo que quiero es que la vida me lo cuente.

Así que al lío querida. Que vinimos a la vida 

A VIVIR (en mayúsculas).

Lorea de Prada Errazquin

Filósofa emocional y espiritual

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